Sal y pena


Cuando escuchaba a la gente decir que le temían a la muerte, no podía entender porqué. Yo sentía que lo que más espanto me daba era ver morir a alguien que amaba. Hasta hoy.

No recuerdo haber tenido tanto pánico en toda mi vida. Todas las experiencias de miedo, angustia, temor, desesperación, se hacen nada con lo que sentí hoy, y cada que recuerdo para poder escribir estas líneas, solo hace que mi respiración se acelere y mi corazón lata con turbación. 

Amaba el mar, tenía lindos recuerdos en la playa con la familia. Hace poco vi un video en el que mi papá me filmaba mientras aprendía a surfear en Máncora. En el video, salía con mi tabla de surf intentando una y otra vez poder dominar una ola sin éxito. Las olas me revolcaban pero yo no dejaba de intentar y miraba a la cámara con una sonrisa de oreja a oreja para que quede registrado que no me iba a dar por vencida.

Hoy fuimos por segunda vez a la misma playa del sur. Cuando llegamos me percaté que el mar se veía diferente de la primera vez, estaba con olas color marrón y parecía muy sucio, pero desde hace tiempo tenía tantas ganas de ir que decidí no ser pesimista y solo disfrutar del día. Llegamos casi a las doce y había regular gente, buscamos un lugar y empezamos nuestro día de relajo. Nadar con las olas, regresar a la sombrilla, comer y volver al mar. Después de almorzar, fuimos por última vez al mar, como despedida, porque después de eso tal vez pasaría una hora más y nos iríamos.

Una vez mi mamá me contó que cuando estaba embarazada de mi hermana menor, decidió ir a la playa y al entrar, sintió que las olas la arrastraban sin poder dejarla salir. Supongo que soy de esas personas que está acostumbrada a entrar al mar un poco más de la orilla siempre con precaución y gurdándole mucho respeto al mar.  

Ya adentro, veíamos que había gente a la misma altura que nosotros y eso en parte a mi me daba un poco de tranquilidad, porque sentía que estábamos con la mayoría y que nadie iba a ser tan loco de entrar tanto y poner su vida en riesgo sabiendo que había bandera roja y las olas estaban fuertes. 
Pero a veces uno quiere sentir un poco más que olas mansas y busca adrenalina. 

Nos decidimos a saltar una ola y de pronto ya no tocaba el suelo arenoso. La ola me jaló y quedé en medio de olas flotando. Miré al rededor y no había nadie. A lo lejos lo vi a él y le extendí la mano en opción de ayuda, de rescate, de lo que sea, pero no me pudo agarrar y una ola me hundió y me llevó más adentro. Hice lo que te dicen que NO hagas cuando ocurre un evento trágico: Me desesperé. 
Lo vi de lejos ya, y solo gritaba su nombre pero no me daba respuesta, entonces miré a mis dos lados y vi a un chico y le dije “ayúdame” con voz aún potente pero histérica. Le agarré la mano y le dije que me ayudara a salir. En mi desesperación sólo escuché "tranquilízate, es peor si te pones así” y queriendo hacer caso y calmar mi ansiedad la segunda ola me hizo tomar un vaso grande de agua salada. Ahí, en el medio del mar, no veía con claridad la orilla ni a él
En dos micro segundos de lamento, me percaté que había una chica también ahí, luchando por su vida y pidiéndole ayuda al mismo chico. Pero en esos momentos, cuando uno se encuentra entre la vida y la muerte, a veces no piensa en ayudar a otros, solo busca cómo sobrevivir. Fue ahí donde dije dentro mío, “me voy a morir, me voy a morir”, pero algo en mi aún luchaba por nadar y salir. Casi desmayada, asustada y muerta de terror, me aferré al chico una vez más y lo último que recuerdo que me dijo fue, “nada con la ola hacia la orilla”. Después de eso, no se cómo llegué hasta ahí. No se si fue Dios que se apiadó de mi, si la ola efectivamente me llevó o si solo paso que yo esté viva. Cuando ya estaba en arena firme, lo primero que vi fue a la gente mirarme, mirarnos, porque la otra chica también salió viva, y mi héroe también. Le agradecí y solo lo vi desaparecer entre la gente. 

Fueron cinco minutos de shock y una vida entera dentro del mar. 
Yo seguía en la orilla como ida, viendo como las olas me habían arrastrado al borde de matarme, viendo la espuma del mar, mis manos, mi cabello suelto porque el mar se llevó mi colet. Viendo a la gente nadar como si nada. Nerviosa, molesta, triste, decepcionada. Todos los sentimientos más negros los sentí ahí. 

Lo vi a él y solo pensaba, porque no fuiste tú, porque te quedaste inmóvil y no me ayudaste, tú eras más alto, tal vez podrías haberme ayudado. 

Dentro mío me sentí bien de estar viva pero algo en mi también murió en esa playa. 

Lo que siguió de ese macabro acontecimiento tampoco me hizo sentir mejor. Que te digan algo y que tú VEAS lo opuesto, es más que suficiente, pero no todos reaccionamos igual, y supongo que a él lo iba a sentir menos culpable si se decía a sí mismo y a mi que me intentó ayudar.

Todo el camino en lágrimas reprimidas, con el nudo en la garganta. Queriendo abrazar fuerte a alguien, queriendo llorar fuerte y no poder, y no tener a quien. Solo miraba el cielo y pensaba, “¿yo estaría ahí? o ¿donde hubiera estado?.  

Llegamos a casa y mientras  me bañaba, lloré el dos por ciento que no lloré en la playa. 
Sabía que él que se sentía culpable. Todo el camino también fue así, pero no cedí no por orgullo, sino porque estaba rota, aun nerviosa de la chocante la realidad y el auto cuestionamiento de, qué hubiera sido de mi si ese chico no estaba? Eso me quebraba más.

Me eché y usé el pretexto de dormir porque no quería hablar.
No quería enfrentar el tener que dar una explicación. Quería llorar y no quería hacerlo delante de él. Me llevó unas rosas, un peluche, una tajada de sandía y pensé: “Felicidades por no morir ahogada”. Poco/bastante exagerada, no lo culpo, luego entendí que en momento de crisis, es entendible sentir todo más profundo y personal, él fue y siegue siendo una gran persona, se que si hubiera estado en sus posibilidades, hubiera hecho lo que yo haría por él sin dudar. 
De igual forma, me llevé un trauma que hasta al fecha me acompaña. Bueno, el mar ahora de lejos. 

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