Cie

Después de leer a Cielo, siento una necesidad tan grande de escribir, mi corazón me empuja, mis manos se ponen ansiosas y no hay nada más rondando en mi cabeza. Me pregunto que tan fabulosa y tormentosa fue y es su vida. Me imagino rara vez ser su amiga y me gana la imaginación creer que si necesitaría un consejo, ella sería la que me daría los mejores. Después de todo, nuestras historias no son tan diferentes. Somos vehementes, crédulas, tiernas, viles. Somos todo y nada. 
No es una fanaticada mía lo que siento por Cielo. De hecho no estoy obsesionada ni soy una fan demente que está pendiente de qué hace o no. La primera vez que leí a Cielo fue en "Chubasco", pero fue en "Abzurdah" donde sentí el encanto y los choques de electricidad. Tenía ¿17 años? Primer amor, la primera vez que me rompían el corazón, un verdadero Alejo Mi cariño fue tanto que llené aquel bloc de notas diariamente con todas las desventuras de aquella época, y debajo de mi almohada siempre mi libro y compartir mi dolor con Cielo. Era mi forma de superar ese episodio, porque nadie más me entendía y porque prefería leerla y escribir para recordar y olvidar. Hoy ya a mis 25 años, más lúcida y adulta, no muchas cosas han cambiado respecto a mis refugios. Dejé el bloc de notas por un blog y a veces aparece un Alejo que me da vida y me la quita. Una sola palabra de él puede derrumbar mi ilusión y otra puede crear mágicamente un castillo en la que vivimos felices. Un Alejo y un Jaime de "Adiós". Se parecen muchísimo. 
Entonces es eso, que Cie es una de las pocas escritoras que me da y enseña tanto. Siento que si no sabría de su existencia yo me hubiera sentido un punto azul en este enorme mundo. Pero allá está, escribiendo para no hacernos sentir tan solas e incomprendidas. Porque esta vida parece un laberinto, en la que cada luz no necesariamente te conduce a una salida. Porque las personas llegan y se van, porque las despedidas suelen ser tan duras pero a veces necesarias. Y el que se rinde pierde, el que se cansa de intentar, no llega al final, no llega a conocer su verdadera felicidad. 



Cielo Latini | Planeta de Libros


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